
Irene Peláez Palacios, desde la alfarería popular andaluza hasta la cerámica contemporánea.
Nacida en Zamora en los grises años sesenta, tuvo la enorme fortuna de atravesar los confusos
años de la adolescencia en contacto con el riguroso filólogo y poeta libertario zamorano
Agustín García Calvo. El sabio volvía a casa tras el exilio parisino, que propició su desposesión
de la Catedra de lenguas Clásicas de la U.C.M. por los gerifaltes educativos de la dictadura del
General Franco, la irracional razón no fue otra que prestar su apoyo a la primera gran huelga
de estudiantes del año 1962. La bodega Ventura y el bar Travanca, al borde del río Duero, eran
las informales cátedras improvisadas desde las que el Maestro regalaba su saber- Un torrente
de lucidez entre tan oscura cazurrería.
A finales delos años setenta se traslada a Sevilla, donde colabora con el taller de teatro de
Antonio Ruz, y después a Lebrija, histórica localidad de antigua tradición alfarera. Allí, con un
grupo de compañeros establecen un proyecto de colaboración con el alfarero jubilado José
Barba López, donde los más jóvenes hacen el duro trabajo de picar el barro, tamizarlo,
empilarlo, pisarlo, hacer las pellas tras el amasado, hornear las piezas y venderlas en ferias y
mercados. Para el curtido alfarero quedan las tareas más comprometidas, el torneado de las
piezas, el control del secado y la dirección de la cocción, junto con la guía de la construcción
de los hornos árabes, los viejos hornos con cámara de fuego independiente del recinto que
contiene las piezas y semienterrada, que son una joya tecnológica que ya usaron los romanos y
otros pueblos mediterráneos.
La construcción de los hornos se hacía con materiales recuperados de edificios demolidos, de
donde se rescataban ladrillos macizos y tejas. El material para la combustión también se
recogía de descartes de serrerías, vigas y maderamen de construcciones derribadas, ramas
secas, espartos y matojos. Asimismo, de allí proceden sus sólidos conocimientos técnicos,
duramente contrastados, y su aprecio por el preciso lenguaje gremial. El catálogo de formas
populares estaba compuesto por: lebrillos, cántaros de 16 litros, cantaritas de 2 litros, búcaro
o botijo de asa en anillo cruzado, maceta de cartera, etc. En la jerga del viejo oficio, raer es
retornear, espejuelo es el pie de asiento, sacá el azuca es poner fin a la cocción, lahería es el
vaciador, almañá es el recipiente de agua para tornear y la formaleta es la cimbra que permite
sostener loa ladrillos que conforman el arco del hogar.
Vuelta a Zamora a mediados de los años ochenta, donde se forma en la Escuela de Artes y
Oficios. Ya con taller propio, en 1988, consigue el primer premio del Concurso Nacional de
Diseño en la Artesanía que convoca el Ministerio de Industria, con un prototipo de botijo de
geometría ortogonal y estilo vanguardista, fácilmente reproducible con molde. A Puebla de
Sanabria llega con su familia a principios del nuevo siglo, instalando su taller en dependencias
municipales, más tarde en locales anexos a la panadería de los Cachorros y, por fin, en
Castellanos al pie de la carretera del Lago de Sanabria, Espacio desde el que imparte doctrina
de buena ceramista, conectada con las formas expresivas actuales, pero sin olvidar nunca la
base de la tradición. Ha participado a lo largo de los años en numerosas ferias de artesanía
popular, además de enseñar el oficio y el gusto de hacer poesía que se puede tocar a los
nuevos artistas en ciernes, alumnos de los colegios públicos de Palacios, Puebla y el Puente.
Fernando Ferro /Marzo 2026